
Cada civilización ha tenido sus deidades. Las creencias se fundamentan en la fe y se sustentan en el rito. El consumismo enloquecido de Occidente sigue el cliché a rajatabla. En el mundo pagano del siglo XXI todo es efímero. La información se despacha en 140 caracteres, la ideología se diluye y la cultura se envuelve para regalo. Todo se compra, todo se consigue con la única penitencia de la tarjeta de crédito. Atraído -debo confesarlo- por todo aquello que es nuevo, me dirigí hace unos días al nuevo centro comercial de Les Arenes, en Barcelona.
La última vez que había traspasado la enorme puerta de la ya ex-plaza de toros tenía unos cinco o seis años, quizá menos. Las imágenes de aquel día se pasean confusas por mi mente, pero sí que tengo claro que fui al circo con mi padre: me hice una foto con un chimpancé vestido de botones y vi a unos perros jugando al fútbol en la pista mientras un payaso pedía aplausos. No recuerdo nada más.
Ahora he vuelto a la antigua plaza de toros reconvertida en zoco circular. Lo más curioso de la historia es que el día de mi visita era festivo y por tanto no esperaba encontrar a demasiados conciudadanos, dado que las tiendas estaban cerradas. Pero está claro que la curiosidad no es monopolio y en aquel espacio de tiendas me encontré rodeado de la más variada fauna y flora urbanita. Yo, como ellos, quería saber qué se escondía tras aquella fachada elevada que llevaba en obras más tiempo del que sus promotores esperaban.
Siempre pienso que los arquitectos me sorprenderán, que los interioristas harán que un centro comercial parezca otra cosa... pero no ha sido así. En cuanto notas el frío del aire acondicionado golpeando tu cara al traspasar el umbral del consumo, te das cuenta que todos los megastore son lo mismo. No importa que los haya visto en Bangkok, Nueva York, Londres, París o Barcelona... la esencia no cambia y el contenido tampoco. La única novedad en este caso es que el señor Amancio Ortega no ha abierto embajadas en este espacio de tiendas. Pero por lo demás, es un centro como cualquier otro, aunque algo más caótico.
Para empezar me fascinó ver que en la entrada está reservado el derecho de admisión, ese cartel que pende de bares de mala muerte y tugurios nocturnos de medio pelo. ¡Qué gracia! ¿Qué criterios deben seguir para no permitir la entrada de alguien a un centro comercial? ¿Quizá no puedo entrar si no estoy dispuesto a consumir? Pero lo entendí enseguida... buscan ratitas que recorran sus galerías como si fueran un hámster en busca de comida. Y es que todos los centros comerciales del mundo, y este no es una excepción, están diseñados para que des más vueltas de las necesarias. Si buscas un lavabo, estás perdido. darás vueltas y más vueltas siguiendo carteles que no conducen a ninguna parte. Todo para que, desorientado, entres en la primera tienda que te apetezca y compres algo que te suba la autoestima...
En el caso de Les Arenes, la cosa es más bien grave. Aunque no tengo mucho sentido de la orientación, acostumbro a no perderme por el mundo. Y allí me sentí perdido. Estuve buscando las escaleras para bajar al sótano ¡una barbaridad de tiempo! Y no era el único. Al voltear sobre mis pasos volvía a ver las mismas caras que, como yo, buscaban una salida. Tan solo hallaba la manera de subir... ¡pero yo quería bajar!. Y cuando lo conseguí, no sabía volver. Subía y subías en busca de las vistas de la terraza. Y llegué. Allí me encontré con un balcón que se me antojó espléndido para pasar noches de verano... pero también un lugar ideal para quienes quieren poner fin a su existencia. ¡Que alguien coloque mamparas de vidrio para evitar suicidios masivos sobre la plaza de España! Ya sé que no se debe hablar de este tema, pero si suben allí, lo verán. Está pensado para quienes no pueden más. Sin sarcasmo.
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