Paseando por el centro de Barcelona mientras el Papa aterrizaba en el Prat el transeúnte se encontraba con una mezcla de banderas vaticanas, vítores, indiferentes y defensores del laicismo. Aunque había más kilos que ateos manifiestos, todos los que hondeaban la bandera de la cristiandad, haciendo evidente su apoyo al pontífice, lucían un atuendo identificador. Y no me refiero a los crucifijos y las enseñas amarillas y blancas. No. Los neocatecumenales se ven de lejos por su ropa de marca y su look repeinado a la derecha. La mayoría de los que se concentraban en torno a la plaza de la Catedral la noche del sábado provenían de familias alejadas del mileurismo. No es que sea una cosa criticable. Simplemente despertó mi atención. ¿Por qué los currantes no se acercan a Jesucristo? ¿Cómo es posible que la mayoría de las iglesias que tienen jóvenes los domingos estén situadas por encima de la Diagonal? ¿Qué buscan estos jóvenes que a priori lo tienen todo? La espiritualidad, que es gratis, se ha convertido en algo innecesario para la clase media de nuestro país. Parece que aquello que no se compra con dinero plástico no vale nada. De ahí que la mayoría haya sustituido la Penitencia por el psicoanálisis, el matrimonio por el divorcio, la oración por el Yoga y la Biblia por la autoayuda. Los nuevos consejeros espirituales son coach y las misas son ahora conferencias en la librería Excellence. Los gurús mediáticos y futbolísticos han sustituido a los sacerdotes, las fiestas se santifican en el bar viendo el fútbol y las bulas se compran en El Corte Inglés. Mientras los pobres se alejan de Dios, los ricos rezan y van a ver al Papa. Las familias numerosas con niños pelados con bacinilla, calcetines azules por las rodillas, pantalón corto y jersey anudado a la espalda se reencontrarán en el Paraíso. Los pijos se verán en el Cielo, un paraíso con cuadros Burberry.
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