COMPÁRTELO

domingo 10 de octubre de 2010

'Flamancia'

La oigo, la leo, la escucho y la veo con más frecuencia de la que desearía. Cada semana alguien es flamante. Y parece que los periodistas no sepamos encontrar otra palabra para aquellas cosas o personas que son nuevas en algo. Soy consciente que flamante tiene una sonoridad especial, que atrae y que gusta. Dice mucho en ocho letras pero se nos rompió el amor de tanto usarla. Como la canción de Rocío Jurado, la palabra flamante y yo hemos roto nuestro idilio. El colmo llegó con el reconocimiento de Mario Vargas Llosa como nuevo (que no flamante) premio Nobel de Literatura. Hacía pocos días también había sido flamante un equipo de futbol al situarse al frente de la Liga o Tomás Gómez tras derrotar a Trinidad Jiménez.

Es curioso como determinadas palabras se convierten en desagradables y pesadas muletillas para los que ejercemos el Periodismo. Todos caemos en sus garras tras sibilinos cantos de sirena. Pero no sólo los periodistas, también los escritores abusan de determinadas expresiones, palabras o metáforas. En muchas novelas que se han publicado estos últimos años, los protagonistas viven bajo cielos «plomizos». De nuevo una palabra que está llena de sonoridad y que reviste de belleza cualquier descripción, pero corremos el riesgo de hacerle perder todo el encanto de tanto escribirla.

Quizá sea sólo una manía personal y este abuso de determinadas palabras no afectará al futuro del idioma. Probablemente es una moda pasajera fruto de la proliferación del periodismo de copy paste. La prisa y la falta de medios hace que el lenguaje en la prensa, la radio y la televisión se esté devaluando como el Yen. Y no lo digo sólo por Belén Esteban. Probablemente yo debería ser el primero en aplicarme el cuento. Aunque si sirve de algo, pongo a Dios por Testigo que (casi) nunca más volveré a escribir flamante.